Cuento Segundo: La Culpa

Lo despertaron las gotas que caían desde el techo. Alguna llegó a su cara, pero las que decidían ir a parar a un pequeño charco en el piso –charco de orina, de agua- y que asemejaban un tictac insistente que punzaba los sueños, lo sacaron de ellos. Sueños que se repetían, se hacían muy reales, que llamaban a entrar a ellos para terminar las decenas de cosas pendientes, como una rutina consciente, pero a la vez tan irreales, puesto que en ellos él estaba en bosques, o en lugares que alguna vez gozó en su infancia o juventud; condados lejanos, que ya no son sino ilusiones dentro del frío calabozo. Le parece justo que aparezcan ahí, para que al despertar no hostiguen la memoria, porque ahí sí son recuerdos, y muy reales, y se cuelan dolorosamente en la mente por horas.

Intentó mover sus manos y en el acto recordó que estaba encadenado. No forcejeó ni tiró las cadenas; ni siquiera en sus momentos de mayor desesperación lo hizo, así que ésta no sería la excepción. Desgastarse no servía para nada más que para volver a agrietar las heridas, varias de ellas en proceso de cicatrización, pero en realidad más lo retenía la inutilidad del hecho que el daño que podría hacerse. Si sacándose la piel en el intento, conseguía zafarse, con toda seguridad lo habría realizado. Pero como conocía muy bien el tipo de cadena, y sobretodo porque luego de eso vendría la reja indeleble de la celda, no era necesario siquiera sacrificar un poco de energía.

Una luz se colaba por algún espacio de la muralla, por alguna fisura bondadosa que permitía saber que afuera el sol continuaba su trabajo junto con el tiempo, con la vida misma, con el espacio y las figuras. Imposible saber si era luz natural o artificial, pero valía la pena pensar que sí lo era, que era energía, onda y partícula, provenientes de la estrella mayor. Cuando no pudo resistir más, con gran nostalgia por no contener esa frágil muralla que construía en su cabeza, se vinieron imágenes remotas de días claros, del río a sus pies y del calor incesante en su frente.

Miró a su compañero de enfrente. Seguramente estaría en sus propios sueños reviviendo con armonía cada momento. Estaba más sucio que él –cosa difícil de comprobar al primer vistazo, pero en las incansables horas dentro del calabozo ya había distinguido ese y otros detalles con gran exactitud- y los pies descalzos estaban completamente heridos. Con él era el único que había intercambiado palabras; con el resto sólo eran miradas. Sin embargo en esas miradas se trasmitían la desdicha y se compartía el dolor mejor que con las palabras. Éstas no eran necesarias en ese momento.

Le costó notar que el hombre de pelo largo de la izquierda ya no estaba. Un viejo que contempló la expresión atónita que puso -de miedo o de desconcierto, o ambas juntas-, le informó lo sucedido.

-Pasa que llegó el día muchacho –articuló sin ánimo el anciano.

Las gotas empezaron a caer con más estrépito desde el techo; se aglomeraban por todo el suelo. Cuando varias de éstas le mojaron la cabeza, y los brazos, pudo advertir que era sangre. La mirada se fue hacia el techo, con más pavor que antes, con mayor locura y con la misma desesperación que da el ver de manos atadas cómo el reloj de arena de la vida se consume con más rapidez ahora que se está vaciando, con más fuerza ahora que se quiere más vivir. Se puso de pie y las cadenas le rozaron con violencia la piel, pero el éxtasis le impidió notarlo. Sus compañeros no prestaron mucho interés en la escena. Menos aun cuando comenzó a dar tirones de brazos y piernas que hirieron profundamente su cuerpo, ni cuando el verdugo lo sacó del calabazo para llevarlo a la ejecución.

El verdugo notó esa mirada tan común, tantas veces vista, tan natural, en el muchacho; como la de todo hombre que se aferra a la vida en esos instantes. No importa quién haya sido durante sus mejores o peores años, la mirada es siempre la misma, decía el ejecutor. Los ojos del joven además guardaban el brillo de la injusticia y de la inocencia. También había visto muchas de esas miradas; tantas como de culpa y de odio.

Sin embargo, las pupilas del joven lo dejaron pasmado varios días, preguntándose qué alma estaría en la tierra aguardando con la culpa.

-FIN-

                                                   Sebastián Barahona – 2014

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Cuento Primero: El Centro Comercial

Cuando por fin pudo pasar al baño sintió un alivio inigualable. El tumulto en el centro comercial ese día era inusual. La interminable fila para el baño público se extendía por lo ancho del pasillo hasta casi la última tienda. Pensó al salir que por poco su vejiga explota en la agonizante espera. Las galerías también se atiborraban de gente. Cada vitrina exhibía carteles con ofertas y descuentos, y la marea de personas azotaba de allá para acá tratando de llevarse todo lo que alcanzaba a su paso. Recordó que la última vez que había entrado en el centro comercial y había observado algo similar fue en Navidad del año pasado, pero en pleno mes de Junio jamás. Se hizo camino entre la gente, empujando a ratos a quienes obstruían molestamente el tránsito. Su madre la estaría esperando frente a la tienda de zapatos, para ir por Bastián que se encontraba en los videojuegos -forma única de que éste los acompañara un día sábado, era dándole algo de dinero para algunas fichas para los autos de carrera y las máquinas tragamonedas-. Tía Sonia ya tendría que haberse desocupado de la peluquería por lo que era muy probable que también estuviera allí. Cuando por fin llegó a la tienda de zapatos –la multitud la había hecho retroceder en muchas ocasiones-, no encontró a nadie. Calculó que quizá había tardado demasiado en esa fila interminable hacia el baño, y que su madre la habría ido a buscar. Prefirió quedarse allí por si aparecía; ése era el punto de encuentro cada vez que iban al centro comercial, así que alguien de seguro estaría por llegar. Después de un rato, pensó en lo mucho que retrasaría a la búsqueda de su madre el lento andar del tumulto entre los pasillos, considerando que tenía que ir y volver, y además buscarla. Quizá la estaría esperando afuera del baño junto a todos, o ella misma podría haberlo necesitado y eso la haría demorar aún más por la inmensa hilera de personas esperando para usarlo. Decidió regresar finalmente hacia el baño. Lo peor que podría pasar en esto es que tuviera que volver más tarde a la zapatería, donde de seguro ya a esas alturas la estarían esperando no con poca preocupación; o en el mejor de los casos todos estarían esperándola en la eterna fila preguntándose qué habría pasado con la niña que ya llevaba mucho tiempo ahí adentro. Se internó entonces por entre la masa de gente, que obstruía aún más el andar con cajas y bolsa. La gente brotaba de todas partes. Eran las tres de la tarde.

La señora tarda en darme el vuelto de dinero pues tiene que ir a la tienda de al frente por cambio en monedas. Ya me atrasé suficiente comprándole algo a Bastián (está de cumpleaños el martes), y más aún por la cantidad de gente que hay en cada local comercial. Sonia debe estar igual que yo, sobre todo con la cantidad de colores que deja en su cabello que yo no sé para qué lo hace, si siempre ha tenido tan lindo crespo al natural. Ya son cerca de las tres y quince minutos, así que me iré a la tienda de zapatos enseguida. No alcanzaré ni siquiera a comprar un chocolate de esos tan ricos que venden allí enfrente. Sofía debe estar con un rostro de aburrimiento de aquellos, y Bastián me reclamará porque las fichas fueron muy pocas para el rato que tuvo que estar en los videojuegos. Ya estoy viendo el berrinche que me hará cuando me vea. Pero no le aguantaré esas cosas, menos ahora que sólo hay que salir pronto del centro comercial e irnos a casa. Sonia no me contestó el celular. Con la bulla de la multitud no tiene que haber escuchado ni el sonido, ni todos los mensajes que le envié. Además siempre ha sido despistada, no me debería sorprender eso. No debería haber venido con ella, claro que no. Nos iremos no sé a qué hora con esto del secado, el planchado, y tantas porquerías que se echa en el cabello. Me extraña mucho no ver a Sofía fuera de la zapatería. De Bastián me lo esperaría, con lo consentido que es, siempre hay que ir a buscarlo a los videojuegos; me mirará con esa carita de enojado que tanto conozco; Sofía es independiente, está tan grande, y es tan inteligente. Ella siempre está allí, pero no la veo por ninguna parte, solo caras de gente desconocida que pasa y pasa a mi lado, y hasta a Luis mi compañero de trabajo veo pasar con su señora y con tres bolsas en cada mano. Pero Sofía vendrá, es seguro, así que tendré que ir por Bastián. Creo que lo confundí tres veces pero ahora está conmigo el pequeñuelo. Me hizo el berrinche de siempre pero ahora no hay tiempo para eso. Lo tomo por la mano y no lo suelto por nada, ya que es fácil que se pierda. Y a veces lo hace a propósito, lo de perderse, y hoy no estoy para esos caprichos. Sofía tampoco está afuera de la zapatería cuando regreso y no sé si algo le ha pasado. Ella se fue para el baño hace más de una hora, pero cómo no iba a demorar, con esta fila enorme que está para entrar. Mejor la espero aquí en la zapatería, ir al baño no será lo más efectivo, ella sabe que estaré acá. Sonia responde por favor, necesito dejarte a Bastián. Ojalá no te haya pasado nada mi pequeña, si aún eres una niña por más que ya tengas catorce años y te avergüence hasta cuando te beso o te abrazo como a Bastián. Ojalá vengas pronto.

Un enredo gigante se formó fuera del baño. Eran los primeros signos de colapso dentro del W.C. público, y tuvo que cerrarse por unos minutos –que fueron eternos para la gran mayoría -. Una señora la empujó involuntariamente y cayó sobre la loza fría. Pudo observar desde ahí cómo un caballero –que luego no volvió a ver, y que le habría gustado agradecerle el gesto- la cubrió para que la avalancha humana no la pisara y para constatar que la chica estuviera bien. El golpe la tomó por sorpresa, y la desorientó unos instantes. Cuando se sostuvo sobre sus delgadas piernas, buscó incesantemente a la madre, a Bastián, a su tía Sonia en cada rostro que aparecía. Una desesperación comenzó a gobernarla, sobre todo después de la caída. Todos deberían estar buscándola, pensó, pero si no era fuera de la zapatería ni en el baño dónde. Se apoyó en la pared y prefirió sentarse. Estaba aún aturdida, y pasaron unos minutos –diez o quizá más- en los que su mirada se perdía en cada punto indefinidamente y por momentos el ruido de su alrededor desaparecía, y estaba en su casa sentada en el sillón viendo la televisión, “las mugres de siempre” como decía la abuela, o leyendo alguna revista, o escuchando su música predilecta. La niña dejó caer su rostro sobre sus rodillas levantadas, y cruzó los brazos para esconderse. Lloró desconsoladamente, escuchando los gritos incesantes de las personas de allá para acá. Una mano sobre los hombros le hizo alzar los ojos humedecidos. -Sofía, porqué esa pena querida. Suerte que te haya encontrado.

Es difícil hacerse paso, más ahora que no solo es la multitud sino los escombros y el techo que casi se desmoronó por completo lo que obstruye los caminos. Ni siquiera ahora veo a mamá. A mi izquierda está el baño, atestado de personas. Me parece divisar al caballero que me ayudó cuando me caí. No sé cómo fue exactamente, pero mantengo los recuerdos. Quisiera ir a agradecerle ahora sí por el gesto. Y ahora la perspectiva visual es otra, no sabría decir si más cómoda o más compleja, inmanejable quizá, pero todo alrededor es más confuso. Al lado está mi padrino. Te dejaré aquí, estarás bien pues eres fuerte. Tengo que haber parecido una niña cuando te abracé pero es que llevaba horas buscando a mamá. Mira qué tontería habernos encontrado acá, no nos vemos nunca y sin embargo me quieres tanto yo lo sé; recuerdo algunas cosas de cuando me llevabas al parque cuando tenía 5 años. Estás más viejo, pero qué se le va a hacer. Intentamos buscar por todas partes, pero aun así no encontramos a nadie. Fuimos a los videojuegos y Bastián no estaba, y cuando pasamos nuevamente por al frente de la zapatería nadie estaba allí. Volvimos al baño con alguna esperanza, o para salir del tumulto, no lo recuerdo, quizá afuera estaban, qué locura. Yo ahora continúo, por entre todo, oyendo algunos quejidos por aquí y por allá, pero avanzo hasta donde sé que estás, mamá. Al fin estoy acá. Pude avanzar, me demoré es verdad, pero aquí estoy mamá. La zapatería está donde mismo, sólo con una parte del letrero que se mantuvo en su lugar, entre la estructura devastada y un lío de zapatos en el suelo. Me estabas esperando, lo supuse. No sé porque no pude verte cuando pase por aquí con mi padrino; fue la desesperación tal vez, o es que aún estabas perdida por ahí entre la aglomeración de personas. Estás helada mamá, lo sé. Te toco pero no se siente nada. Bastián está a tu lado así que tranquila. Al pequeño lo veo bien, me parece que se mueve incluso, y ni siquiera quiero imaginar su expresión cuando el centro comenzó a remecerse. Yo aún no nacía cuando fue el terremoto de 1985. Tiene que haber sido terrible me imagino, tanto como éste. El centro comercial está despedazado, pero hay muchos sobrevivientes. Creo que mi padrino intentó abrazarme inútilmente durante el remezón telúrico, pero ambos quedamos bajo unos fierros que apenas empezó el movimiento se desprendieron. Mi cuerpo resistió mucho menos que el de él, claro. Me quedaré cuidándolos hasta que alguien venga, mamá. No es que después no lo seguiré haciendo, lo de cuidarlos, sobre todo a Bastián que está tan pequeñito. Los toco ahora y puedo sentirlos, y ustedes también deben sentirme. Parece que alguien viene. Yo estoy acá, puedo divisar a alguien…

-FIN-

Sebastián Barahona – 2014